Le hablo a los mayores de Zaragoza

Creo que la historia es más emocionante cuando la cuenta una persona mayor. Ellos son narradores de lo que han vivido y herederos de la información  que sus antepasados les han confiado cuando eran niños. Hablan sobre  sus experiencias desde el corazón. Todo lo que se hace con pasión y con emoción, se percibe de forma más intensa que si es leído o explicado sin más.

Las ciudades esconden historias poco conocidas que viven en la memoria de sus mayores. Me encanta practicar el ejercicio de escuchar cómo las transmiten y aprenderlas para por qué no, contárselas a mis hijos. Pienso que no hay mejor aventura que la que un abuelo o abuela puede contar a sus nietos en los ratos que comparten juntos.

Nuestros mayores,  portan en sus espaldas el peso de la experiencia, del conocimiento adquirido por el paso del tiempo y de las vivencias, buenas y malas que la vida les ha deparado durante sus caminos.

Para escribir las entradas publicadas hasta hoy  de este blog, me he ayudado de la información que mis abuelos y otras personas mayores me han proporcionado.  Zaragoza posee sus propias historias basadas en realidad o en leyendas, narradas muchas veces  en forma de  jotas o de refranes y dichos populares.

Cuando somos niños, vemos a nuestros abuelos como superhéroes, algunas veces porque nos cuentan experiencias con cierto exceso de imaginación, o porque la sabiduría que la vida les concede con la edad, se refleja en nuestra manera de percibir con asombro lo que nos transmiten.

Cada mañana, al salir a dar mi paseo, coincido en uno de los bancos de la avenida de César Augusto con Ramón, un hombre de 93 años natural de Osera de Ebro, un pueblo de la comarca zaragozana que está a unos 30 kilómetros de la capital en la margen izquierda del río. Cuando tenía 16 años, una vez finalizada la guerra civil, sus padres le enviaron a vivir a Zaragoza con una de sus tías, Isabel, que regentaba por entonces un puesto de frutas y verduras en el mercado central. Isabel, necesitaba alguien que entendiese del sector, y nadie mejor que Ramón, un joven de pueblo que además, según él mismo confiesa, estaba de muy buen ver de cara a la clientela.

A día de hoy, pese a su edad, a Ramón no le falta ánimo para acudir cada día a su banco frente a las murallas romanas y su querido mercado central,  y dedicar el tiempo a observar la vida de la ciudad. Llega sobre las diez y media de la mañana. Haga frío o calor, ahí está siempre, a veces, acompañado de amigos con los que conversar.

Aprovecho para pedirle que me cuente alguna historia. Ramón no rompe la norma de todos los abuelos y lo hace con alegría. Me ha contado que ha salvado vidas en las crecidas del rio Ebro a su paso por Osera, que ha sido el galán mas apuesto de las fiestas de su pueblo, y uno de los mejores vendedores de frutas y verduras en el puesto del mercado de su tía Isabel, en donde conoció hace 70 años a la que a la postre fue su esposa, de nombre Francisca.

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Una vez me contó que todos los días come una “cebollica” de Fuentes de Ebro, y que en su alimento reside el por qué de su longevidad.  Me gusta sentarme un rato con él. Me produce la sensación de estar al lado de mis abuelos, Nicanor ó Luis que pasean siempre conmigo

También me cuenta que sabe bailar pasodobles y que a veces, sueña que vuelve a ser joven y lo baila bien agarrado con su mujer durante las fiestas de Osera en honor a San Martín. Cuando acaba de contarlo,  le veo sacar su pañuelo y secarse  alguna que otra lagrimilla, hasta que me repite su dicho de “ La vida es un montón de momentos, conviene saborear los que son buenos, porque los malos, vienen solos.”

Muchas veces, nos quedamos en silencio y nos hacemos compañía mutuamente. Disfrutamos del aroma de la mañana, comentamos el partido del Real Zaragoza o lo que el Gobierno va a hacer por la tercera edad tras las próximas elecciones.  La verdad es que a veces me coge en fuera de juego, porque él está al corriente de todo lo que sucede en el mundo.

A las dos de la tarde, su hija Leonor, acude a buscarle y se lo lleva a casa para darle de comer. Leonor tiene 66 años, es viuda y cuida de Ramón desde que hace 21 años, falleciese su madre, Francisca. Leonor cumple con la rueda de la vida, en la que los padres cuidan de los hijos hasta que éstos, deben de cuidar de los padres. Leonor se alegra cuando va a buscar a Ramón y ve que estoy con él haciéndole compañía. En alguna ocasión, me trae unas rosquillas o unas torrijas que prepara un par de veces al mes. Qué rico le sale todo a Leonor! Ella me dice que el ingrediente secreto que añade es el cariño a su padre y a la memoria de su madre, que fue quien le enseñó a cocinar y a preparar esos postres.

Si pasan varios días y no veo a Ramón en su banco, me preocupo. Cuando le vuelvo a ver, respiro hondo y le doy gracias a Dios por poder  volver a disfrutar de  él, de sus historias y de la imagen que representa de mis abuelos en mi pensamiento.

Desde este blog, quiero reivindicar la figura de los mayores, como actores de la película de nuestras vidas y animar a todo el que me lea, a practicar la escucha activa de sus historias, de las que todos, podemos aprender. Debemos llenar sus bancos con nuestra compañía.

Quiero dedicarles esta entrada a todas las personas mayores, protagonistas principales de la historia de Zaragoza y de todas las ciudades, trabajadores incansables para sacar adelante negocios y familias que han sido la savia que ha alimentado el mejor árbol y su fruto, nuestro presente.

A la memoria de  mis abuelos Nicanor, Luis e Irene y muy especialmente a Palmira mi abuela y madrina, de la que gracias a Dios puedo seguir disfrutando cada día, y de la que algún día, te hablaré.

Ramón, va por ti.

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3 pensamientos en “Le hablo a los mayores de Zaragoza

  1. Que bonito Julio. Me he emocionado de verdad. Que razón tienes en todo. Un abrazo muy fuerte para Ramón,cuando pase por ahí y lo vea seguro que me sale una sonrisa de no conocerlo De nada y saber tanto de el gracias a ti y a tu blog

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